jueves, 29 de julio de 2010




Como todos los viernes, el fuego iluminada la estancia junto con un par de velas a punto ya de consumirse. Entre aquellos muebles victorianos y las pesadas cortinas de terciopelo rojo, el ambiente era perfecto para dialogar, el aire en sí era propenso a hacerte reflexionar.

- Tal y como iba diciendo, según mi experiencia en la vida, mi opinión es que la seducción es un arte de dos - me dispuse a replicarle, sin embargo, recordé cuánto odiaba mi compañero de charlas ser interrumpido - Y esta opinión esta fundada en algo bien sencillo, nadie es seducido si no quiere serlo. Un comentario cortante, unas palabras hirientes, pueden ser la clave para finalizar el cortejo.

Aguardé unos instantes y, al ver que mi compañero no añadía nada más, comencé a exponer mis argumentos.

- ¿Y qué hay de cuando los comentarios cortantes, las palabras hirientes, no sirven de nada? ¿Qué hay de cuando los rechazos son ignorados? La seducción es un arte individual, y no de dos. ¿Cómo explicas pues, que las mejores esposas, aquellas que ni una sola vez pensaron en otro hombre que no fuese su marido, acaben cometiendo adulterio?. Nadie se levanta de madrugada esperando ser seducido y, como bien puedes saber, todos los hemos sido alguna vez.

- Te olvidas de una parte primordial de los juegos; alguien debe comenzar. Siempre hay una primera ficha en ser movida y, si el adversario acepta el duelo, moverá la siguiente. Seductor y seducido son los jugadores.

Humedecí mis labios recorriéndoles con la lengua y coloqué los bajos de mi vestido dejando ver parte de mi pierna. Los ojos de mi compañero estaban posados en mí.
Incliné mi torso en el ángulo perfecto y una mirada seductora fue el último gesto que realicé antes de ponerme en pie y avanzar hacia él.
Solamente mis pisadas rompían el silencio.

Cuanto más me acercaba, mejor oía el latido de su corazón, que aumentaba a un ritmo frenético.
Cuando le tuve a menos de un palmo, me giré en dirección a la mesita que tenía a su lado, con la intención de cambiar la vela consumida por una nueva.

Un suspiro salió de su boca. Sonreí.

- Creo que con esto ya te he demostrado que la seducción es cosa de uno.

- ¿Acaso asbes tú si yo me he dejado seducir? Bastaba con apartar la mirada, y otro de tus argumentos habría quedado sin valor alguno.

Ahora era él quien sonreía.

- Sin embargo, no lo has hecho.

- Tal vez no quise, mademoiselle.

Las campanas del reloj comenzaron a sonar. El amanecer ya estaba aquí.

- Las seis, demos por finalizada la sesión. Recapacita sobre este tema ordenando así tus pensamientos y argumentos o, simplemente, trae un nuevo tema para el siguiente viernes. Mais maintenant c'est le temps de partir.